Las dos rutas de Cavaco Silva

Reportagem de MIGUEL MORA no El País de hoje.

Portugal, uno de los países más desiguales de Europa, lucha por modernizarse y salir de la crisis 

Varias mujeres portuguesas charlan ante una fruterá. Arriba, un centro comercial de Lisboa. (CORBIS / RAÚL CANCIO)Poco después de tomar posesión como presidente, en marzo pasado, Aníbal Cavaco Silva anunció que emprendería por todo el país la llamada Ruta por la Inclusión para conocer de cerca a los colectivos más olvidados entre los 10 millones de portugueses. Poco después, decidió visitar también, quizás para dar un carácter didáctico a su periplo, el “otro Portugal”, el país moderno y dinámico de las empresas, la ciencia y la investigación. Las dos rutas de Cavaco han mostrado muy claramente que la Portugal del siglo XXI es, como dicen las estadísticas, uno de los países más desiguales de Europa. Y también que, aunque la intención de sus gobernantes es reducir la asimetría, en muchos casos esa brecha parece todavía un abismo.

La realidad lusa de los espejos cóncavos es bien conocida: la envejecida y adormecida Portugal del interior versus la próspera y moderna de las urbes costeras; la Portugal de las autopistas espléndidas y muy caras versus esa misma Portugal que, cuando se dejan atrás los peajes, apenas tiene señales indicativas; la Portugal de las élites cultas y viajadas versus la que encabeza la tasa europea de abandono escolar y se ve desbordada para atender a los ancianos, las mujeres y los niños marginados…

La Portugal masiva que depende de un Estado empleador (en 1999 se contaron 716.418 funcionarios, en un país con 10,5 millones de habitantes) y precario benefactor -hay 2,5 millones de pensionistas, pero la pensión mínima en 2005 fue de 196 euros y la media no superó los 259, por debajo del umbral de la pobreza- contra la Portugal ambiciosa y emprendedora que prefiere emigrar…

¿Alguien se atreve a decir cuántas portugales esconde Portugal? ¿Alguien podría definir Portugal?

Hace unas semanas, durante los festejos del 50 aniversario de la Fundación Gulbenkian, el sociólogo António Barreto se atrevió a hacerlo. Ante las más altas instancias políticas del país, ese enorme y lúcido pesimista dijo que la independencia de la Gulbenkian, el más importante faro civil de la cultura, la ciencia y la educación, es un bien muy escaso en el país. “En un país marcado por la omnipresencia del Estado, por una economía oligárquica, por una Iglesia hegemónica, por partidos políticos inseguros y por unas clases medias con poca historia y parcos medios, la independencia es un bien raro”, proclamó Barreto.

El diagnóstico parece quizá demasiado apocalíptico para un país que está integrado en la UE y en el euro, que presume de tener pueblos modernos y relucientes; intelectuales y científicos de nivel mundial, profesionales bien formados, políticos con altas responsabilidades internacionales como José Manuel Durão Barroso o António Guterres, colegios públicos con banda ancha, universidades de cierto prestigio, poetas y escritores de primer orden, una prensa libre e hipercrítica con el poder, un Gobierno comprometido con la modernización, multinacionales como Siemens, empresas como Renova, Cafés Delta, Sonae, Amorim, Compal o Portugalia (la mejor línea aérea regional de Europa por sexto año consecutivo) que compiten sin complejos en Europa y el mundo…

Pero, al mismo tiempo, la descripción de Barreto refleja bien la esquizofrenia que acosa a un país que muchas veces parece escindido en dos talantes opuestos: uno dinámico, capaz, vital, moderno y optimista, que cree y trabaja duro por un porvenir mejor; otro doliente y quejoso que parece incapaz de creer en el futuro, o empeñado en el “cuanto peor, mejor”.

Según António Costa Pinto, investigador del Instituto de Ciencias Sociales de Lisboa, ese dualismo es una constante histórica. “Una de las características de esta sociedad es su desarrollo dual, la enorme brecha que existe entre unas élites cosmopolitas y esclarecidas y unas masas muy pobres y rurales. Aunque con la democratización en los años setenta y la integración en la UE en los ochenta”, añade Costa Pinto, “el salto social fue evidente, y la modernidad empezó a entrar en los discursos de los intelectuales, sigue habiendo una gran divergencia entre la realidad que viven segmentos de la población y lo que se lee en la prensa”.

António Vitorino, diputado y miembro de la Comisión Política del Partido Socialista, cree que en este momento la realidad lusa está en una fase especialmente enrevesada. “Primero, estamos en pleno ajuste de las finanzas públicas. Por suerte, tenemos la ventaja de pertenecer a la UE; la entrada en el euro fue una bendición: hay muchas familias endeudadas, pero con intereses asumibles”.

Según un reciente estudio del Centre for Economic Policy Research (CEPR), el euro fue en efecto una bendición para Portugal: la adopción de la moneda única hizo que los intercambios comerciales del país con los restantes miembros de la zona euro aumentasen un 28% respecto al periodo 1993-2003. El valor está muy por encima de la media de los 12 países del euro, que se sitúa en el 10%.

Pero a pesar de todo, continúa Vitorino, el país anda despistado ante la necesidad urgente de redefinir “el patrón de especialización económica”. “El modelo de salarios bajos no tiene futuro, y eso supone que la industria tradicional (textil, calzado…) va a seguir perdiendo puestos de trabajo. Hay que invertir para reconvertir a esos trabajadores, pero muchas veces, por edad o educación, es muy difícil”.

En tercer lugar, el ex comisario europeo de Justicia e Interior cree que lo más urgente es cambiar la mentalidad del país para poder competir y dejar de liderar las estadísticas de desigualdad social, asimetría entre regiones y falta de calificación laboral: “Tenemos algunas empresas de excelencia pero muchos empresarios que gestionan mal sus negocios. Y problemas reales, como la pobreza extrema de muchos ancianos, que ahora por fin están recibiendo ayudas, o el fraude fiscal. Aunque eso quiere decir también que tenemos grandes Bolsas de pequeña economía sumergida que no salen en las estadísticas”.

Según algunas estimaciones, los pequeños trabajos sin factura suponen ya en torno al 25% del PIB. ¿Será entonces que mucha gente en Portugal se queja de vicio? “Bueno, eso es una tradición nacional, no hay más que oír un fado para darse cuenta”, dice Vitorino bromeando.

Costa Pinto matiza un poco más el carácter de ese lamento: “El fatalismo de la clase intelectual sobre el destino de Portugal, su actitud defensiva ante España, la vocación atlantista y una capacidad de autocrítica feroz son los grandes ejes endémicos del discurso culturalista en un país que, al revés que España, no sufre crisis de identidad nacional”.

Según los analistas, el Partido Socialista acomete las impopulares reformas que la derecha no se atrevió a hacer para reducir una Administración elefantiásica.

Enorme y, lo que es peor, muy corporativa. Antonio Vitorino afirma que “el corporativismo es una de las grandes lacras estructurales del país, un problema mayor incluso que la rigidez del mercado laboral”.

Una economía lenta pero segura

La ventaja del Gobierno portugués, que lleva un año aplicando su duro programa de ajuste, mientras trata de incitar a la empresa privada a profundizar en la Agenda de Lisboa (Investigación, Innovación, Desarrollo), es que el panorama económico está mejorando lento pero seguro.

Tanto el Fondo Monetario como la Comisión Europea han certificado que la economía lusa está en la senda adecuada, y algunos datos avalan el optimismo de esa tesis, aunque como dice el diputado socialista António Vitorino, el Gobierno juega en el difícil equilibrio político de “tener que animar a la gente sin crear demasiadas expectativas a corto plazo, porque muchas de las reformas estructurales no darán resultados hasta que acabe la legislatura”.

De todos modos, y a pesar de la crisis del petróleo, también ese corto plazo parece lanzar mensajes positivos. La economía ha mejorado en julio por séptimo mes consecutivo; la previsión de crecimiento para 2006, que el Gobierno situó en un 0,8% del PIB, ha sido elevada por el Banco de Portugal y el FMI hasta el 1,2%; y las exportaciones, el sector crucial, dirigen el motor de la recuperación: las ventas exteriores han mejorado por primera vez en cinco años en el primer semestre, y el Banco central estima que la producción lusa dirigida al exterior crecerá un 8,4% en 2006 (sobre todo hacia España, Alemania y Angola).

Claro que si oímos a la oposición socialdemócrata, a los columnistas que cada día se autoflagelan y flagelan al país desde los periódicos y las televisiones, a los partidos de la izquierda y a sus sindicatos, la cosa cambia. El líder de los socialdemócratas, Marques Mendes, ha definido al primer ministro como “el hombre del zapping al revés: va de anuncio en anuncio sin pararse en ningún programa”.

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